Existencia corporal: el cielo

Entendemos al ser humano como “ir en busca”, soñar hacia adelante. La esencia no es la preteridad, la esencia está en el frente, que se le anuncia al hombre porque éste sólo puede soportar el presente si sabe que está en camino hacía lo Abierto inefable.

¿Por qué esperamos? Vivimos implantados en el sentido: realizamos un encuentro personal que tendrá una profunda repercusión: nos enamoramos, tejemos nuestras vidas, tenemos hijos a los que tanto amamos, les damos nuestra substancia, nos complacemos en ellos, son nuestra gloria.

¿Tiene esto sentido? “Sí tiene”, contestan a una creyentes y no creyentes. La vida hace a su manera independiente de la superficie especular, es decir, de la opinión. “Esto tiene sentido”. ¿De verdad? Sin cielo, no. ¿Qué sentido tiene esta carrera en medio de la niebla? Esto sin lo otro, la tierra sola, no. ¿Para qué criamos a nuestros hijos, para dárselos a la muerte? Al que se contenta con el tiempo nada tengo que decirle. El nihilista tendría que enmudecer ante la réplica: ¿por qué vives también tú?

Por frágiles que sean aquí las huellas de lo otro, por mucho que toda felicidad sea revocable, lo existente se halla cargado con las promesas, constantemente rotas, de ese otro. Todo fragmento de felicidad anuncia la felicidad total, que se niega a los hombres, que mueren sin haber sido felices. ¿Sería mejor que no existiese nada? Sin embargo, el relámpago de una mirada basta para que se desvanezca el ideal de la nada.

El postulado de la inmortalidad condena lo establecido, por sí solo, como insufrible.

El que ama quiere vivir siempre y que lo amado sea. Su lugar es la eternidad. ¿No desea la madre que su hijo sea? ¿lo dejaría irse al fondo si estuviera en su mano? Quien admite que alguien muera para siempre, no ha amado nunca de verdad. Nuestros seres queridos no son insignificantes para nosotros.

Amamos lo que conocemos, llevarlo con nosotros, transmutarlo, porque somos terrenales. Lo desconocido no lo amamos, más bien lo tememos, tememos ser lo que no sabemos, donde no sabemos.  La herida sólo se cura con la presencia.

Amamos lo que hacemos. Por eso queremos lograrlo, contenerlo en nuestras sencillas manos y en el corazón sin habla, queremos llegarlo a ser. ¿Darlo a quién? Preferiríamos conservarlo todo para siempre… ¿Qué se lleva uno al otro lado? No el mirar, lo aquí lentamente aprendido, ni nada ocurrido aquí. Nada. Pero sí lo indecible. Y así el poeta Rilke, alaba las cosas que las manos hacen, lo concreto, lo decible, lo único que podría aún impresionar a los ángeles. Por eso (dice)… Enséñale lo sencillo. Dile las cosas. Quieto estará, con estupor, viendo el cordelero en Roma o el alfarero en el Nilo. Enséñale qué feliz puede ser una cosa, qué inocente y nuestra. Y esas cosas fugaces confían en alguna salvación en nosotros, los mas fugaces. Somos las abejas de lo invisible. Libemos locamente la miel de lo visible para acumularla en la gran colmena de oro de lo Invisible. Porque nuestra tarea es imprimir en nosotros esta tierra transitoria y caduca, tan profunda, tan dolorosa y apasionadamente, que su esencia vuelva a resurgir en nosotros “invisiblemente”.

Tierra amable, no hacían falta tus primaveras para ganarnos: una, una sola ya es demasiado para la sangre.

¿No es eso lo que quieres? ¿Invisible resurgir en nosotros? ¿No es tu sueño hacerte un día invisible? ¿Qué es tu orden apremiante, sino transmutación?

Volver al Origen cargados de nosotros mismos y allí sentir la inmensa satisfacción de que El sea.

Existencia corporal: la tierra

La psyché no es simple “espíritu”, algo meramente dotado de inteligencia y voluntad, como pretendía Descartes, sino que en sí misma “versión-a” un cuerpo. El alma es “de” un cuerpo y el cuerpo es “de” un alma: este “de” es lo “uno” de alma y cuerpo, su unidad dual psicosomática. Sin inteligencia el organismo no sería viable. No es que el alma “tenga” un cuerpo o que el cuerpo “tenga” un alma, sino que el alma “es” corpórea y el cuerpo “es” anímico.

Soy carne animada por un alma. Plantado en el mundo, nada hay en mí que no esté mezclado de tierra y de sangre. Existo subjetivamente y existo corporalmente son una sola y misma experiencia. Si me desembarazo de mi cuerpo, me desembarazo de mi existencia ante el Creador. Rehuir el cuerpo es rehuir al hombre y a Dios. No he sido arrojado de las alturas; de la tierra en que dormía, el Creador me ha llamado a ser hombre.

Existencia encarnada, ocupo por el cuerpo un lugar: es el aquí de mi mismo en el mundo. Versión mía hacia los demás, me impide la soledad, me corta el camino de la evasión haciéndome ser en el mundo y en el tiempo con los demás. Por mi cuerpo “estoy ya” presente, choco con los demás, pero también puedo unirme a ellos. Lo primero que encuentro al leer en el no es la finitud, sino su abertura hacia…, mediación simpática “entre” yo y el mundo (Marcel). Por el cuerpo, “campo de influjo” del mundo sobre el hombre, nos hallamos entretejidos en comunión de sangre con familia, pueblo, raza, humanidad y mundo. Es vínculo, ligamen, lugar de solidaridad. Sólo es posible la libertad en la medida en que los demás nos dejen el espacio y nos respeten. Afirmación mutua. La corporeidad puede ser también el lugar del abandono del hombre.

Posición excéntrica, el cuerpo humano es algo así como “el alma hecha visible”, la actualidad del alma misma en lo “otro” de la materia, y por tanto su expresión. El alma está en él fuera de si misma “como ser-para-sí” y “para-otro”. La facticidad, “mi ser en el mundo”, se verifica por él. Soy conocido por el otro, a título de cuerpo, y experimento también mi enajenación como timidez, vergüenza, pudor. El cuerpo es vivido por mí, lo mismo que es padecido por mí en sus dolores. Percibo al otro en su carne, “la contingencia pura de su presencia” (Sartre).

El espíritu humano se halla en el estado de haber-salido-desde siempre de sí y de estar-presente-siempre en lo otro, tan esencialmente que el cuerpo es su campo expresivo: rostro, palabra, mirada, oído, reír y llorar, palabra hecha carne, belleza, gestos, caricia, donación generosa en la sexualidad, que no es solo medio para la procreación (entendida así no rebasaría el nivel animal), sino gozo del amor. La relación intersubjetiva accede a especial profundidad en la sexualidad humana, el contacto con la carne del otro: “ser para los demás” bajo la alteridad erótica, alteridad del uno para el otro. La entrega corporal significa total disponibilidad hacia el otro, el modo insustituible que el cuerpo aporta a la ternura del cuerpo amado, que tiene el don de hacer visible lo invisible. La sensibilidad de los que amamos nos parece aún más preciosa por su fragilidad.

Pero el cuerpo también es lugar de maleficios. Soy libertad plantada en la necesidad. Por mi cuerpo estoy arrojado ahí ante los demás como objeto. Esto lo sabe bien un fugitivo, una mujer violada, el torturado. Un superviviente de un campo de concentración hablaba de su cuerpo como del “miserable saco en que está encerrada cada conciencia, este vagón forrado de plomo del que me era imposible salir”. Una punta de acero puede excluirme del mundo, a mí, un “para sí”. Impresionante trivialidad. “Soy todo lo que usted quiera”, decía una víctima bajo los golpes.

Según la fe cristiana, la Navidad nos ha descubierto la promesa y la grandeza encerrada en nuestro ser corporal. Al acercársenos tanto el Hijo, estamos seguros de que también el cuerpo llegará a la meta de los caminos de Dios. El corazón de la tierra late más adentro del corazón de Dios de lo que nos atrevemos a pensar.

El Resucitado ha superado ya la ambigüedad de la existencia humana.