Existencia corporal: la tierra

La psyché no es simple “espíritu”, algo meramente dotado de inteligencia y voluntad, como pretendía Descartes, sino que en sí misma “versión-a” un cuerpo. El alma es “de” un cuerpo y el cuerpo es “de” un alma: este “de” es lo “uno” de alma y cuerpo, su unidad dual psicosomática. Sin inteligencia el organismo no sería viable. No es que el alma “tenga” un cuerpo o que el cuerpo “tenga” un alma, sino que el alma “es” corpórea y el cuerpo “es” anímico.

Soy carne animada por un alma. Plantado en el mundo, nada hay en mí que no esté mezclado de tierra y de sangre. Existo subjetivamente y existo corporalmente son una sola y misma experiencia. Si me desembarazo de mi cuerpo, me desembarazo de mi existencia ante el Creador. Rehuir el cuerpo es rehuir al hombre y a Dios. No he sido arrojado de las alturas; de la tierra en que dormía, el Creador me ha llamado a ser hombre.

Existencia encarnada, ocupo por el cuerpo un lugar: es el aquí de mi mismo en el mundo. Versión mía hacia los demás, me impide la soledad, me corta el camino de la evasión haciéndome ser en el mundo y en el tiempo con los demás. Por mi cuerpo “estoy ya” presente, choco con los demás, pero también puedo unirme a ellos. Lo primero que encuentro al leer en el no es la finitud, sino su abertura hacia…, mediación simpática “entre” yo y el mundo (Marcel). Por el cuerpo, “campo de influjo” del mundo sobre el hombre, nos hallamos entretejidos en comunión de sangre con familia, pueblo, raza, humanidad y mundo. Es vínculo, ligamen, lugar de solidaridad. Sólo es posible la libertad en la medida en que los demás nos dejen el espacio y nos respeten. Afirmación mutua. La corporeidad puede ser también el lugar del abandono del hombre.

Posición excéntrica, el cuerpo humano es algo así como “el alma hecha visible”, la actualidad del alma misma en lo “otro” de la materia, y por tanto su expresión. El alma está en él fuera de si misma “como ser-para-sí” y “para-otro”. La facticidad, “mi ser en el mundo”, se verifica por él. Soy conocido por el otro, a título de cuerpo, y experimento también mi enajenación como timidez, vergüenza, pudor. El cuerpo es vivido por mí, lo mismo que es padecido por mí en sus dolores. Percibo al otro en su carne, “la contingencia pura de su presencia” (Sartre).

El espíritu humano se halla en el estado de haber-salido-desde siempre de sí y de estar-presente-siempre en lo otro, tan esencialmente que el cuerpo es su campo expresivo: rostro, palabra, mirada, oído, reír y llorar, palabra hecha carne, belleza, gestos, caricia, donación generosa en la sexualidad, que no es solo medio para la procreación (entendida así no rebasaría el nivel animal), sino gozo del amor. La relación intersubjetiva accede a especial profundidad en la sexualidad humana, el contacto con la carne del otro: “ser para los demás” bajo la alteridad erótica, alteridad del uno para el otro. La entrega corporal significa total disponibilidad hacia el otro, el modo insustituible que el cuerpo aporta a la ternura del cuerpo amado, que tiene el don de hacer visible lo invisible. La sensibilidad de los que amamos nos parece aún más preciosa por su fragilidad.

Pero el cuerpo también es lugar de maleficios. Soy libertad plantada en la necesidad. Por mi cuerpo estoy arrojado ahí ante los demás como objeto. Esto lo sabe bien un fugitivo, una mujer violada, el torturado. Un superviviente de un campo de concentración hablaba de su cuerpo como del “miserable saco en que está encerrada cada conciencia, este vagón forrado de plomo del que me era imposible salir”. Una punta de acero puede excluirme del mundo, a mí, un “para sí”. Impresionante trivialidad. “Soy todo lo que usted quiera”, decía una víctima bajo los golpes.

Según la fe cristiana, la Navidad nos ha descubierto la promesa y la grandeza encerrada en nuestro ser corporal. Al acercársenos tanto el Hijo, estamos seguros de que también el cuerpo llegará a la meta de los caminos de Dios. El corazón de la tierra late más adentro del corazón de Dios de lo que nos atrevemos a pensar.

El Resucitado ha superado ya la ambigüedad de la existencia humana.

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