La Oración

“¿Para qué quiero a Dios si no me soluciona mis problemas?”, se oye a veces. El hombre, centrado en sí mismo, en el abismo de su ego, se atreve a convertir a Dios en siervo suyo.

¿Para qué sirve Dios, para hacernos felices, como animales venturosos, libres de sufrimientos? No es un Dios burgués, acomodaticio, que no sólo nos llena de júbilo, sino que nos hace clamar contra el sufrimiento injusto e incluso enmudecer. “¿Cuánto tiempo va a durar esto?” se quejaba Job.

El lenguaje de la oración no sólo es más universal, sino más cautivador y dramático, más rebelde y radical, menos armonioso que el lenguaje de la Teología académica que parece le ha visto las cartas a Dios.

Tanto se nos ha acercado Dios que lo llamamos a gritos. Jesús “lanzando un fuerte grito expiró” (Mc 15, 37). “Él no es sobrehumano, ha gritado su agonía, y es por esto que le amo, mi amigo” (A. Camus).

¿Qué dirías si alguien te rogara que te ocupes de sus hijos?

Pedir a Dios algo que no sea Dios, ¿merece reproche?

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