El corazón de la iglesia. Comunidad de mesa incluye comunidad de vida, celebración del pan y de la palabra, del “nosotros”, el acto pleno entre hombres. Compartir la mesa manifiesta respeto, aceptación, confianza, y, lo máximo, amistad: “consumir juntos un saquito de sal” (Aristóteles). La mesa une y separa. El gesto más significativo en la conducta de Jesús está en que “come y bebe con publicanos y pecadores” (Mc 2, 13-17).
Oferta de salvación. De ahí la apasionada oposición de los “buenos” al comprender en la intención de Jesús conceder a esos despreciados un honor ante Dios al comer con ellos. Nada parecido en los profetas y maestros del pasado. En las religiones hay analogías, mas no ésta: Dios (en la fe cristiana) sentado a la mesa con los pecadores.
Jesús en la cena de despedida instituye un rito impresionante por su sencillez: pan y vino. Para los cristianos es de fe la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. El cómo ya no es de fe. Es un intento de aproximación al misterio, como la transustanciación católica, la consustanciación de Lutero, la presencia espiritual de Calvino, o el signo de Juringlio. Nosotros intentamos aquí otro acercamiento: la transustantivación: el pan y el vino se abren por elevación a la transustantividad de Jesucristo, y lo convierten en vehículo de la Vida. La comunión es comunión de Vida. “Yo soy la Vida”.
Debemos volver de lo definido como “válido” por iglesias, concilios y teólogos, a lo inefable original de la Cena que hace comunión y no separa. Lo inefable no es definible.