Las grandes religiones I

Hinduismo y Budismo

El concepto de “creación de la nada” marca la diferencia entre Asia y Occidente.

El Brahman de la India, el Dao de China no crean el mundo, sino que lo sacan de sí como la araña su tela y menos aún el Nirvāna budista, sin acción. El Uno es todo, la verdad está detrás de Māyā (el velo de la ilusión, irrealidad, los poderes de la oscuridad, los veladores de la noche, Samsara, “lo que está corriendo”, “rueda que siempre gira”). La pluralidad es el juego del Uno: “He jugado en esta casa de juguetes de formas infinitas; y vislumbré, jugando, a Aquél que no tiene forma” (Tagore). Vivía en la India un santo poeta llamado Rajjab. Cuando se supo que había recibido la “iluminación” las gentes venían a él y le preguntaban:

  • ¿Qué es lo que ves, qué es lo que oyes?
  • Veo el eterno juego de la vida. Oigo voces que vienen del cielo y que cantan: “Habla, da forma a lo que aún es informe”

A Asia le duelen las aristas de la finitud. La forma es la cuna de la ignorancia y del dolor, que nos hace ser esto y no lo otro. Ante la ausencia del Tú, al yo finito no le queda más que disolverse en el Todo como una muñeca de azúcar en el mar. El amor funde. Para Occidente el amor es como la luz, que afirma en la diferencia. Ni Brahman, ni el Dao, ni el Nirvāna aman, y la primera experiencia del hombre es ser amado.

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